Y hoy le toca el turno al temido COLLAR ISABELINO o CAMPANA PROTECTORA, el cual sufren muchos pacientes (y sus acompañantes), cuando salen de una clínica veterinaria. Y muchísimo más frecuente es verlo colocado cuando tratamos patologías oculares.

Se tiende a pensar que la campana sólo es necesaria si el animal se rasca con la pata y eso es un error. Si un profesional veterinario le coloca el collar isabelino a un animal con una enfermedad ocular es porque es una PARTE FUNDAMENTAL DEL TRATAMIENTO.

En Oftalmología, se suele colocar generalmente tras una cirugía ocular o cuando se tratan úlceras corneales, ya sean simples o complicadas y profundas. Con ese cacharro que odian tanto los perros como sus propietarios, no sólo evitamos que el animal se rasque con la pata, también limitamos que se pueda rascar contra cualquier objeto o estructura y aislamos los ojos de la suciedad del ambiente, el polvo, etc.

Y una vez colocado, ¿lo podemos retirar? ¡NO! Nunca, el animal debe aprender a llevarlo para todo: comer, beber agua, dormir, salir a la calle… y es la mejor forma para evitar cualquier complicación y también para que la mascota se adapte a sus “nuevas dimensiones”. Generalmente, en uno o varios días se habrá acostumbrado perfectamente a llevarlo.

¿Qué más debemos saber de la campana? ¡Que debe estar bien colocada! Para que el collar isabelino sea efectivo, en especial cuando hablamos de enfermedades oculares, debe sobresalir varios centímetros del morro del animal. Por tanto, ¡nunca se debe recortar! Si el paciente es capaz de sacar la cabeza, de nada sirve la campana, ya que se podrá rascar con cualquier objeto que pille…

Y por último y como curiosidad, ¿saben de dónde viene el nombre de collar isabelino? Pues viene de  las grandes gorgueras (adorno que se colocaba alrededor del cuello) típicas de la época de Isabel I de Inglaterra.